Un primer paso para comprender mejor a la persona y orientar adecuadamente su camino.
En el ámbito educativo y terapéutico, a menudo surgen dudas sobre si una persona puede presentar alguna neurodivergencia (TDAH, TEA, altas capacidades, dislexia, entre otras). En estos casos, lo primero que se necesita es una evaluación cuidadosa y respetuosa, que sirva para orientar tanto a la persona como a su familia y entorno.
La persona y orientación adecuada
Vivimos en un contexto en el que, con frecuencia, las pruebas se realizan demasiado rápidamente y sin una visión holística, lo que puede llevar a diagnósticos equivocados o demasiado precoces. Se recomienda, por ejemplo, no establecer un diagnóstico firme antes de los 8 años —si no hay signos muy evidentes—, y en casos como las altas capacidades esperar hasta los 12 años, para respetar el proceso evolutivo natural de la persona.
Por ello, cuando existen sospechas importantes, antes de pasar directamente a las pruebas diagnósticas, es fundamental trabajar de forma conjunta en aquellos aspectos que pueden estar dificultando el aprendizaje o el desarrollo social. El papel de la familia es esencial: cuando detectan que algo no encaja y lo comunican, iniciamos un proceso de acompañamiento, observación y trabajo gradual.
En los casos en que realmente existan indicios claros de neurodivergencia, se realiza una evaluación inicial y, si es necesario, se deriva a la persona o a la familia a servicios especializados para llevar a cabo un estudio completo y riguroso.